Tengo una lista de deseos infinita
frente a la de metas conseguidas,
en blanco.
Siento nostalgia de cuando
soñar era gratis, que no os engañen,
sale caro soñar,
sale caro cada mañana salir a la realidad y
descubrir que los sueños no están
ni siquiera cerca
de ser reales, de ser cumplidos.
Hay kilómetros insalvables cuando te sientas junto a mí,
y eso duele
más que mil cuchillos clavándose.
Mucho más.
Sigo mirando las caras de la gente
en los autobuses, no sé, a veces
algo me dice que vas a estar ahí,
sonriendo,
con chocolate y me dirás eso
de “Nere, tranquila, que ya pasó”,
pero no, ni estás ni pasa.
O sí, sí pasa el tiempo
y no llegamos a ningún sitio, a tiempo.
Siempre a deshora, siempre tarde.
Tarde a mi propia vida.
Como si lo viera desde fuera,
como entrar en el cine
cuando ya ha empezado la película,
te enteras, pero sabes
que te has perdido algo,
algún detalle que al final
acaba por ser importante.
Tarde
como si los relojes fueran contra mí,
como si los segundos pasaran más rápido
cuando necesito tiempo,
como si todos los semáforos
de todas las ciudades del mundo
se pusieran en rojo cuando llego,
como cuando sueñas que
quieres correr
y no te mueves. Igual.
Tengo una lista de deseos infinita,
pero se podría resumir en uno sólo.
N*
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