miércoles, 4 de junio de 2014

Tengo una lista de deseos infinita

Tengo una lista de deseos infinita 
frente a la de metas conseguidas, 
en blanco. 
Siento nostalgia de cuando 
soñar era gratis, que no os engañen, 
sale caro soñar, 
sale caro cada mañana salir a la realidad y 
descubrir que los sueños no están 
ni siquiera cerca 
de ser reales, de ser cumplidos.

Hay kilómetros insalvables cuando te sientas junto a mí, 
y eso duele 
más que mil cuchillos clavándose. 
Mucho más.

Sigo mirando las caras de la gente 
en los autobuses, no sé, a veces 
algo me dice que vas a estar ahí, 
sonriendo, 
con chocolate y me dirás eso 
de “Nere, tranquila, que ya pasó”, 
pero no, ni estás ni pasa. 
O sí, sí pasa el tiempo 
y no llegamos a ningún sitio, a tiempo. 
Siempre a deshora, siempre tarde. 
Tarde a mi propia vida. 
Como si lo viera desde fuera, 
como entrar en el cine 
cuando ya ha empezado la película, 
te enteras, pero sabes 
que te has perdido algo, 
algún detalle que al final 
acaba por ser importante.

Tarde 
como si los relojes fueran contra mí, 
como si los segundos pasaran más rápido 
cuando necesito tiempo, 
como si todos los semáforos 
de todas las ciudades del mundo 
se pusieran en rojo cuando llego, 
como cuando sueñas que 
quieres correr 
y no te mueves. Igual.

Tengo una lista de deseos infinita, 
pero se podría resumir en uno sólo.

N*

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