Y ya no sueño,
ni despierta ni dormida,
que siempre vienen
los fantasmas
con sus imágenes de los días mejores,
a recordarme dónde,
cómo
y cuándo la cagué.
Por completo.
Lo admito.
Culpable.
Pero he pagado la condena,
todas y cada una de las penas,
cada oración, de cada penitencia.
Y aún no me he perdonado, y
esa es sin duda la más difícil
de las absoluciones,
la propia.
Somos de una crueldad
intolerable con nosotros mismos,
nos exigimos el máximo
con cero margen de error,
cero fallos,
por tanto,
cero probabilidades de éxito.
N*
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