Sigo creyendo en los
sueños,
a pesar de todo y de todos,
y así nos va, cada día cuesta más
despertar y
por las noches nadie quiere dormir.
Vivir ya es una de esas utopías
de las que nos hablaban años atrás,
respirar se parece más a lo que hacemos,
automáticamente,
eso del instinto de supervivencia.
Y el corazón bombea a ritmo, sin
sobresaltos,
sin nada que lo saque de la secuencia armoniosa,
bum, bum, bum,
bum…y suma y sigue.
Suma segundos de reloj, movimientos
casi imperceptibles del
segundero,
agujas de reloj puntiagudas que se clavan
igual que las demás.
La
esperanza quedó como concepto filosófico que tan sólo unos locos
recuerdan de
vez en cuando,
en reuniones clandestinas,
prohibidas.
No se permite la
divulgación de la felicidad,
nada que haga que la gente se levante y tenga algo
por lo que ir más allá de lo estipulado,
nada por lo que salirse del camino sea
una opción,
nada de incentivos para ser libres, autónomos…
nada que haga
peligrar el sistema impuesto.
No sabemos si somos felices,
no nos hacemos
preguntas, por si acaso la respuesta no nos gusta,
que nada nos moleste
ni nos atormente.
Que nada duela.
Y como no duele seguimos dudando de si estamos vivos.
Respiramos, eso sí.
Vivir,
vivir es otra cosa.
N*
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